Estos días se celebra en mi querida Barcelona el Mobile World Congress y, por ello, mientras comía en el telediario escuche un “Hoy en día, en los teléfonos, lo de menos es recibir llamadas”. Y precisamente hoy, hemos tocado en la clase de “Planificación y medios publicitarios” el tema de los smartphones. El contexto, el siguiente: hablábamos de los cambios en el macro-entorno de las empresas y de su influencia en las mismas, concretamente en los aspectos tecnológicos.

Un compañero argumentaba con motivos éticos que la saturación de contenidos a la que estamos sometidos como consumidores (y a la que sometemos como comunicadores) llegará a su fin, como tantas otras “modas”, está destinada a morir…

Como comunicadores, estamos obligados a recodar el ayer para aprender, pero a vivir el hoy y pensar en el mañana. En este momento, a día 27 de febrero de 2012, podemos dar las gracias a las compañías móviles, a los telecomunicadores, a Apple, a HTC o a Android o a quien sea. Podemos y debemos dar las gracias porque nunca hemos estado más cerca de nuestro target
“¡Estamos en la mano del consumidor!” ¿qué más podemos pedir?.

Si bien es cierto que estamos en menos manos de las que deseamos estar (el número de smartphones en nuestro país ronda el 45% de los usuarios), también somos conscientes de que algunas de las manos que nos tienen, no nos quieren y no saben que hacer con nosotros. ¿Cómo remediamos el spam que hacemos a toda esa masa que recibe nuestras newsletters personalizadas porque introdujo su email para descargase la versión para PC de nuestra aplicación? ¿Hasta que punto los saturamos? ¿Cómo lo medimos? ¿Cuánto podemos llegar a cansarlos? ¿Cuánto necesitan para explotar y dejar de seguirnos?

Las preguntas son varias ¿Por qué Twitter nos obliga a seguir a alguien para mandarle DM sin dar la opción que Facebook ofrece de recibirlos sin agregar a las personas? Pero sobretodo, ¿por qué obligamos a los usuarios a darnos su email? Para descargarse nuestra aplicación, participar en nuestro concurso, comentar en nuestra página web, ver nuestras ofertas y un largo etcétera. Esa gente, recibirá nuestros emails semanales y, por pereza, no hará click en esa opción a letra minúscula que incluimos al final y que pone “Haga click aquí si no quiere recibir más correos como este”. Al consumidor le da pereza tocar ese botón porque sabe que detrás de ese vendran otros dos o tres, y tras ellos una pequeña encuesta para que sepamos por qué no quieren recibir nuestra newsletter.
¿Por qué, si tus ofertas son tan atractivas, llamas a tu web “club privado” y me obligas a inscribirme? Lo primero que haga cuando cree mi cuenta será desmarcar todas las opciones que tengan que ver con correos electrónicos. Y, si todo el tiempo que dudé si inscribirme o no lo hubieses aprovechado en enseñarme tus ofertas, ambos habríamos sido amigos mucho antes, y con mucho menos rencor.

Atraigamos a los consumidores/followers/whatever con nuestras ofertas, hagamos que se interesen en nuestra empresa/idea/blog, en nuestra oferta en definitiva; y que sean ellos mismos quienes se inscriban en nuestro mailing, porque estarán encantados de recibir nuestras curradas, personalizadas y atractivas soluciones ¡Contratemos a un copy que se especialice en esto! En lugar de saturar al que presta su máxima atención a la complicada campaña que tiene entre manos, porque ese hará que en si alguna newsletter llegue a abrirse, se cierre y elimine en menos de 5 segundos.

“No me saturan, porque selecciono contenido”, los contenidos que te interesan también pueden llegar a saturar. Los community managers de tus marcas favoritas pueden llegar a hacer que la odies y los famosos que te caían bien y que sólo se dedican a hacerle RT a sus seguidores conseguirán tu unfollow en menos de un mes.

Puede que yo misma os este saturando aquí con mis ralladas, así que ya volveré, seguro que pronto 🙂

Un saludo, queridos

Corremos. Vamos con prisa y nos molesta la gente que camina lentamente por la acera. Cambiamos. Nos gustan los cambios, para qué negarlo. Nos gusta cambiar de color de pintauñas, de móvil, de vestido en cada boda a la que nos inviten y de coche. Nos gusta el olor a nuevo.

Escéptica yo aquellos primeros años, pensé que para nada me servía una carrera de Publicidad y RRPP tan teórica. Pensaba que a la universidad le hacía falta cambiar, renovarse. A día de hoy, a año y medio de terminarla, y sin haber tocado un sólo programa de diseño (¡ni un sólo programa informático, para qué mentir!) he de decir que estoy orgullosa de haber pensado como pensé. Es cierto, la universidad tiene muchísimas cosas que mejorar. Pero también es cierto, y ahora soy totalmente consciente, que lo que nos enseñan está muy por encima de todas las cosas tecnológicas que más tarde aprenderemos. Nos han dado una base, de la que estar orgullosos. Nos han repetido una y otra vez que todo estará obsoleto mañana y que tenemos una oportunidad increíble con los cambios que están surgiendo en nuestro campo. En relación con todo esto, el otro día twiteaba mi amiga @MacAranda la siguiente frase, que me encantó: “Aprende a pensar, que ya aprenderás a trabajar”.

Sin embargo, os voy a confesar que sigo siendo escéptica con los Másters que están relacionados con las redes sociales. Es muy probable que nosotros sepamos más (o tengamos una visión más realista) que quién nos está instruyendo.

Os dejo un video que me hace recapacitar sobre el tiempo. Que me hace recordar aquella redacción sobre “La casa del futuro” que tuve que escribir, de muy pequeña, para el colegio. Por aquel entonces recurrí a la ayuda de mi padre (aún sigo recurriendo a él y ojalá pueda hacerlo por muchos años) y juntos imaginamos neveras con pantallas inteligente desde donde poder hacer la compra, habitaciones climatizadas inteligentemente y gente trabajando desde sus casas. Por aquel entonces nos reíamos y soñábamos con lo que ahora se llama domótica.
Hoy me sorprendo con esto y mañana me reiré de este post.

Hasta la próxima, nos vemos en Twitter: @xelenita

Cuando era pequeña jugaba con mi hermano a “Anuncios”. Los eternos cortes de publicidad en mitad de nuestros dibujos animados favoritos se nos hacían cortos, apuntándonos tantos al acertar o no la marca de un anuncio u otro. Eso sí, si el logo o las voces decían la marca antes de que acertasemos, el anuncio directamente no valía. Cuando los dibujos se convirtieron en series el juego seguía divirtiéndonos. Aún hoy sigue haciéndolo y, aunque hace mucho que no veo la tele con mi hermano, este año volverán a repetirse nuestros piques publicitarios en nuestro nuevo piso de universitarios. Me alegra.

Mientras, juego con mi chico. Él, hijo único, ha aprendido a jugar este verano. A sus veintidos años. Un pasito más hacia un futuro peleándonos por si él ha dicho antes la marca o lo he hecho yo.
La mejor parte del juego es, al menos para mi, es cuando empezamos a jugar sin planearlo. Uno grita emocionado la marca del anuncio que se televisa en ese momento y dice automáticamente después con cara de superioridad “1-0”. Lo peor, cuando vuelve la serie, el programa o la película en cuestión (y, claro, también cuando pierdo).

Cuando era pequeña también jugaba con mis amigos a “Televisión” en una pequeña plazoleta del suroccidente asturiano. Allí, corríamos de un lado al otro cuando sabíamos los dibujos o la película que el que “la llevaba” describía, sentado como un rey en un banco.

Cuando era pequeña y no había amigos cerca, me dedicaba a decorar casas mentalmente utilizando las revistas de decoración que mi madre almacenaba en el salón. Y, tan feliz, pensaba que la cocina de la página 4 era perfecta para una casa de jóvenes y el baño de la página siguiente para una pareja en una gran mansión.

Mi madre me llevaba de compras, tomaba el sol y salía con sus amigas. Mi padre viajaba y leía, leía y leía.

Mis abuelos, gran ejemplo de amor verdadero.

Consideremos todo esto El principio. Han pasado muchas cosas desde que era pequeña, las que pasen desde ahora hasta que sea rica y famosa, me propongo compartirlas.

¡ReBienvenidos!